Esa tarde hacía frío, las nubes engordaban sus egos y
los árboles las acariciaban. El colectivo parecía escaparse de su sombra y por
mera casualidad logré alcanzarlo. Caminando ya en él, con el zigzag propio de
caminos tortuosos, me senté en uno de los asientos que parecía querer
succionarme. Adelante mío, un payaso de
unos cincuenta y tantos años, luchaba con sus globos que parecían enredárseles
entre las manos, amenazando irse lejos.
Una señora de alhajas múltiples maldecía el clima, el ruido y la
corrupción; un niño lloraba.
De repente, entre la muchedumbre, un susurro pareció zumbar en mi oído, era de un tono especialmente agudo y molesto. Al principio no podía comprender el mensaje, eran solo intentos de construcciones, pero gradualmente comenzaba a captar las frases, quizás absurdas, quizás dramáticas. Pasadas ya varias cuadras de viaje, pudimos entablar una conversación casi amena. Hablamos de nuestros días, del tedio que producía nuestro caminar añejo, nuestro rozar simbólico.
Pude darme cuenta que el sujeto estaba justo detrás de
mí, su voz era exacta, infalible. Así todo, decidí no darme vuelta, jugar a
imaginarme su apariencia, sus pestañas. Creía que podría quizás ser una suerte
de encanto sin rostro, o una mujer tal vez; trabajaría en una tienda, un banco,
o vendiendo estampitas. <<Definitivamente es esbelta>> con alargadas uñas casi rozando mi nuca.
<<No, no, es un viejo mezquino, ese de la vuelta que les grita enfurecido
a los niños del barrio que pisan su césped>>.
En medio de tantas conjeturas, un llanto rotundo invadió el espacio. Las lágrimas eran tan mayúsculas que el colectivo parecía inundarse, enojando así a las señoras de tapados largos, que fruncían el ceño. El sujeto en cuestión ya no hablaba, solo lloraba a chorros y mi parálisis era tal que no podía voltear y brindar consuelo, solo sentía como mis tobillos se sumergían. Súbitamente el temporal cesó, la gente por fín podía sacar sus periódicos o anotaciones de venta, aunque las quejas perduraron por unos cuantos minutos.
El ruido del timbre retumbó feroz en las ventanillas y
tímpanos, quería voltearme para observar al transeúnte que me abandonaba, pero
a pesar que mi intriga era inmensa, no pude más que mirar el reflejo del
vidrio, reflejo que no era más que todas mis conjeturas juntas; un rostro,
cientos de rostros, cada uno me miraba fijamente; me señalaban dedos alargados
que cada vez se estiraban más y más y más. Sus ojos, esos locos húmedos, eran
quizás honestos pero aborrecibles, clavaban sus aguijones fuerte, dolían
ácido. Sus pies, sus cientos de
pies, se deslizaban veloz para esconder
la vergüenza toda, ese inmenso monstruo que nosotros habíamos alimentado
durante tantos años.